
las velas consumidas forman figuras abstractas que se equilibraban al filo de los candelabros de plata. una lámpara a media luz parada, como un niño castigado, frente a una esquina. una botella de vino vacía y con corcho sobre la mesa de cristal. ella parece que escribía en un trozo de papel, como si hubiese intentado transformar en letras el mundo y el momento. la música cambia de intérprete. y él duerme frente a la computadora y la pila de papeles en proceso. todo sigue su curso. él despierta con el susto de fin de trance y continúa su trabajo. ella ya no está, no, ella no está observándolo con su arete en la oreja izquierda, no, ella no está escuchándolo cantarle a la laptop. aunque quizás participó de las velas y el pinot grigio y de la pre escena, no sé, no estaba pendiente de ellos en aquel momento.
ahora me mira, o no, sólo ha pasado su vista por mi silla y continuó su tararear, ella no ha despegado sus ojos del papel, no ha parpadeado, por eso mi teoría de su ausencia.
¿qué hago aquí? nada. sólo escapo de las vidas sencillas y de las escenas familiares y del humo de los bares, donde siempre hay multiplicidad de historias, pero resulta difícil intuirlas por el humo. aquí todo está claro, digo, iluminado, menos sombras y nada de luces intermitentes. amo esa sola lámpara, me permite ver rostros y con ellos, miradas. puedo ver el libro de Sabines que ella leía. por ahora sólo espero que suceda algo, como por ejemplo que ella cobre vida o que él se la otorgue.
me he entretenido en el empapelado a cuadros de las paredes y en la voz de él. nada pasa. creo que me he equivocado de lugar, aquí no hay más historia que un hombre que trabaja y canta y una mujer muerta a la mesa con un poemario en su plato.