
A Héctor Monclova
Anochece en París. Sólo me acompañan una gárgola y los suspiros de tantos cuerpos reciclados que pasaron por mi piel. Observo la habitación. La misma a la que regreso unos pocos días todos los años, mientras la imposibilidad del silencio me rasga la piel. Abandono la Rue Darcet, la panadería que queda abajo, y el pequeño lugar de pollos asados. Te pienso. Dormirás un poco más, amado. Ese ensueño de las calles y sábanas que me hace sentir delirante y solitaria, porque tienes el rostro aún frío. Deambulo un poco más, esperando otra noche de insomnio en que vengas a mí. Las sombras son siempre anónimas y nuestra hambre, clandestina. Sigo el camino. Veo habituales del área, esos son perdonados.
En la esquina, un indocumentado busca cartones para pasar la noche. Carne perfecta. Nadie reclama a los abandonados. Aprieto el puño en el bolsillo de la chaqueta. Observo a todos lados y me acerco lentamente. La conmiseración es tan sólo debilidad, mi amor todo lo puede. Cuando estoy frente a él, baja la cabeza y yo saco la daga de mi bolsillo. Pronto estarás a mi lado, retomando por unas horas el calor de la sangre y los labios. Cierro los ojos, y mientras le entierro una y otra vez la daga en el vientre del abandonado, puedo sentir tu presencia. Ese hombre tan sólo puede derramar su última mirada de terror, mientras siento el roce de tus alas.
Me derramo de feromonas cuando te alimentas. Mi víctima exangüe fue tan sólo un hermoso sacrificio a Eros. Soy tu cazadora y tú mi guardián. No soy Ingrid Bergman ni tu Bogard, tan sólo una mujer leona y su hombre gárgola que se encuentran en noches como ésta. Bajo la primera luna llena de cada primavera, te alimento de todas las hambres y me alimentas de todos los amores. El amor es hambre, el hambre es deseo. Nos entregamos a una noche de contornos y besos, cuando entras en mí y me eternizas de polvo y lunas. Sobrevivimos porque somos. Fluidos, gemidos, miradas sobre miradas, piel de la piel. Yo seré tu alma de mármol hasta el próximo encuentro, tú serás mi pasión de vivir hasta ese instante. Amanece. Regresas a la misma ventana. Yo volveré a vestirme de rutinas y silencios. Mientras subo al taxi camino al aeropuerto, te observo ya petrificado y suspiro.
Siempre nos quedará París, en primavera.