
Los anarquistas y los no anarquistas se funden en una batalla callejera en un país que hace cinco minutos dejó de tener gobierno. El Presidente está muerto con la cara sobre los papeles en su amplísimo escritorio y los socios del Gabinete, muertos también, ofrecen su última reverencia con los rostros volteados hacia el Honorabilísimo Estadista, derrocado esta noche dentro de la Casona Presidencial.
Más allá, en la Iglesia de Cristo Misericordioso, el Obispo, el Cardenal, el Cura Párroco y unos cuantos seguidores del Señor pronuncian su último Padre Nuestro, para siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Y unos fogonazos que huelen a pólvora los aniquilan.
En las calles que circundan la triste mansión, los anarquistas celebran la rendición del mandatario amedrentando con palabras a los no anarquistas uniformados de azul plomo con gorras, botas militares y ametralladoras de mano Thompson. Mientras, éstos se sublevan contra el caos, amenazando con palabras a todos los rebeldes, estudiantes de cabello largo y barbas de siete días con escopetas belgas calibre doce, zapatos de corte bajo, sin ropa.
Sólo en una casa, convertida en fortín nocturno, dos despliegan el mapa de la trayectoria de su propio combate. Ella, en posición de mesa, espera a que el Comandante delinee las rutas a seguir. Él, con el fusil carnoso levantado y una mano sobre el cabello de la rebelde, dirige con suave violencia la carne vencida por la oposición.
Fuera de esa estructura de madera desvencijada terminan los lindes del reino militar del Comandante. Dentro, sólo cuenta con una prisionera de guerra. Temiendo que los de afuera hubieran avistado la guarida, él alza presuroso el cuerpo nevoso de ella, lo sacude ligeramente y lo coloca recto como si fuera a pedirle un saludo oficial. Ella levanta su mano derecha y se la lleva a la frente, demarcando un horizonte.
El Comandante vocifera descanse y la soldado-rebelde se deja llevar por las manos del Alto Oficial. El cuerpo negro del hombre aprisiona la piel blanquísima de la mujer con un abrazo perpetuo. Con cuidado, tal si fuera una bola de pólvora que se fuera a encender, la va colocando lentamente en el piso, las nalgas, los muslos, las pantorrillas, la espalda...
Los ruidos del caos llegan en intermitencias, pretendiendo interrumpir la expedición del ejército compuesto por un Alto Oficial y una prisionera voluntaria. Una botella de cristal hace añicos la ventana transparente del fortín de madera y los pedazos filosos mueren esparcidos por el suelo.
El Comandante prosigue. Un minuto perdido es muerte en una ofensiva militar. Continúa colocando a la prisionera-amada rebelde-soldado, le siguen los hombros, el cu-e-llo... atravesado por uno de los cristales fallecidos hace quince segundos en el piso.
La rebelde deja de ser, ahora sólo fue, y mira a su Comandante-asesino involuntario con ojos de granada madura y las uñas hundidas en la negrura de aquel.
Afuera, los anarquistas pintan los muros históricos con inmensas letras A circuladas. Los del bando contrario beben ron viejo del que llevan en las cantimploras como si se hubiesen preparado para una misión en el monte.
Desnudo, como si fuera un anarquista, el Comandante se abastece de la única provisión necesaria, la mujer, y sale del fortín de madera.
Los anarquistas han relegado las escopetas belgas calibre doce para cuando sea el momento y se dedican a tirar paños mojados con gasolina que arde, atados a botellas. Los enemigos lanzan explosivos de poca intensidad. Todavía no disparan las ametralladoras de mano Thompson para que la contienda no termine pronto.
El Comandante ya ha visualizado el campo de batalla y ha trazado sus estrategias en la mente. Pone el cuerpo de la blanca mujer, ataviada sólo de sangre, al frente suyo. Ya tiene listo el parapeto.
El valiente se escuda tras la ex viva, mientras intenta recuperarse de un acceso de tos, que en él siempre es el preludio de un ataque de asma. Es ella quien recibe los botellazos que nunca le rozan a él, macizo, alto, negro. En el pecho y el vientre de la mártir se van espetando minúsculos fragmentos de cristal. Si se le mira de lejos, parece un juego de espejos que vomitan fuego derretido.
Y es ella, ahora, la bandera roja purpúrea del Comandante. La alza como si estuviera blandiendo una espada contra todos, contra su propia guerra.
Se mueve hercúleo con sus pies de cimarrón sin dejar caer su ofrenda patria.
Ambos bandos ya están cansados del juego de soldaditos de cera y se preparan a utilizar las armas. Entre los proyectiles que traen consigo las franjas de viento que corren paralelas, pasa el Comandante con su cabello ensortijado más crespo aún, su negritud más oscura como la punta de una obsidiana y su carne dura, mezcla de polvo y arenilla.
Ya el cielo veteado con nubes blanquecinas empieza a iluminar las calles. Pero los anarquistas y los no anarquistas siguen el ritmo imparable de la matanza civil. Hasta que gana el silencio.
El Comandante continúa su procesión ahora con la mujer a cuestas y sólo deja brotar el sonido ronco que sale de su garganta y un silbido constante que expulsa su nariz.
Ni una sola bala ha atinado a caer sobre él. Sólo la ex rebelde-muerta-soldado raso es como un gran hueco sin color.
Las nubes se tornan anaranjadas y se escucha el leve zumbido de las aves que aletean encima de las calles yertas. Todos, muertos, yacen con la frente sobre el pavimento vidrioso y las bocas como en mueca tocan irremediablemente el frío suelo.
En el fortín de madera, vuelve a refugiarse el Comandante con la ex enemiga-amada convertida en campo de tiro. Se recuesta sobre ella para protegerla del frío que amenaza con quedarse, y el silbido que expulsa su nariz y el sonido ronco que expulsa su garganta inundan la pequeña fortaleza de madera.
El Comandante ha muerto por un ataque de asma.