Reyerta TV (a manera de prólogo)

            Estuvimos esperando ese momento por mucho tiempo. Desde el mismísimo instante en el que probamos de su magnificencia, supimos que deberíamos tenerlo en casa. Y es que las posibilidades que brindaba eran inmensas. Conocimientos milenarios de manera accesible, contacto directo con otros países, naciones, universos, galaxias. En fin; diversión ilimitada.

            Toda la urbanización lo tenía; sin embargo, nosotros no. Papi no trabajaba y los chavos no daban para pagarlo. Me convertí en una rata, en un pulpo, en un sabueso sediento de modernidad. Me vendí al mejor postor y llenándome de hipocresía me hice amigo de Enrique. Nunca en la vida le había dirigido la palabra, y eso que habíamos sido vecinos de toda la vida. Él venía a mis cumpleaños, yo iba a los de él obligado por mami. Estudiábamos en la misma escuela, en el mismo salón, pero hasta ahí. La relación se limitaba a varias miradas llenas de asco hacia su persona. ¿Quién quisiera que lo viesen con una persona así? ¿Qué pensarían en la escuela al verme con tal bobolón? “Me imagino que dirán que soy igual a Enrique, y eso no es cierto, Enrique es un bobolón. Siempre le da las quejas a su mamá, cosa que yo no hago. No sólo me hice su amigo, me hice su mejor amigo, pero sólo porque en su casa había cable TV. Si no, no le hubiera dirigido la palabra en lo que me quedaba de vida. Te lo juro.” 

            Enrique se creía todo el cuento, le decía a todos en la escuela que éramos amigos, que yo me pasaba en su casa y que me había quedao’a dormir. Pero cuando venían adonde mí, yo me lo tripiaba.

            Sin embargo, era verdad. Fuera de la escuela yo era su amigo y me quedaba a dormir en su casa. Todo por ver televisión en su sala. Los primeros días sólo veíamos muñequitos, vídeos de música y, a veces, programas de animales. Enrique ponía y disponía, Enrique era el dueño absoluto del televisor. Pero según pasó el tiempo, yo comencé a chantajearlo, que si me prestas el control no te molesto en la escuela, que si me lo prestas le digo a los muchachos que no te tripeenmás na’. Enrique me dio el control y le prometí, haciendo una cruz con la mano derecha sin que él la viera, que no volverían a tripiárseloen la escuela ni en ningún otro sitio. 

            Por fin me apoderé del control remoto. El televisor era mío. Comenzamos a ver otros canales y descubrimos Reyerta TV. Era un canal como hecho a mi medida. Siempre estaban pasando lo que yo quería ver. Pareciera que, de alguna manera, mi mente estaba conectada con ese canal. Mis mayores fantasías, mis más grandes miedos, mis ilusiones, mis sueños, mis odios, todo era presentado a color en Reyerta TV. A Enrique le daba mucho miedo, decía que daban cosas raras, que no lo quería ver, pero a mí no me importaba lo que él dijera, eso era lo único que veíamos, era lo único que íbamos a ver. Y punto.

            A Enrique ya no lo molestaban en la escuela, por eso no podía quitarme el control remoto. Se tuvo que entregar a ver Reyerta TV. Películas de karate, tiroteos, lucha libre, acción, aventura, deportes extremos, muertes, carros de carrera, películas triple equis. Todo en un solo canal.

            Pero un día no sé qué fue lo que le pasó, se me puso bravo. Mientras estábamos viendo televisión, comenzó a gritarme de que quitara eso, de que apagará el televisor, de que le diera el control, a lo que yo le contestaba que no, que teníamos un trato y que me dejara quieto. Pero Enrique, Enrique siguió gritando y se puso más bravo. Como un perro. Se paró del asiento, vino donde mí e intentó arrebatarme el control de las manos. Yo me levanté y lo empujé. Enrique se cayó al piso pero se levantó rápido y me dio un puño tan duro en la barriga que me dejó sin aire. Después me metió como tres puños más en los brazos, me mordió la cara y me empujó pa’l piso. Ahí me metió dos patáspor las costillas. No dejaba de gritar. No fue hasta que su mamá entró, tras haber escuchado la gritería, que me dejó quieto. Yo me levanté del piso, salí corriendo de la casa y le grité:“gordo pato, te vas a joder”. Pero no podía llegar a casa así, con la cara colorá ni con esa mordida que tenía en la cara. Esperé un ratito afuera, me lavé la cara en una paila de pintura vacía que mami acostumbraba llenar con agua y me puse una gorra vieja que encontré en el patio. “Mami no puede verme con una mordida en la frente, mami no puede verme llorando. Yo no lloro”.

            Cuando entré a casa, mami me dijo: Juanluís, llamó tu tío, que tiene un amigo que pone el cable por veinte pesos; después de eso, no hay que pagar más na’. “Y no le he vuelto a hablar a Enrique desde eso. Ya no hace falta.”