
Por toda la planicie
están mis armas
escudo… armadura…
sólo en mi mano,
ante las esferas
gloriosas de tu pecho,
permanece mi lanza
erguida por esta angustia
de amar como se ama.
Las ruinas latentes en mi alma
ya no dan habito al monje
trapense que una vez fui.
Ahora, una herida determina
este galope apresurado del cauce.
El karma libera mi sensatez pasada
en esta adicción quemante
de la que apenas salgo vivo
cuando vengo de regreso.
En este instante mis huellas sólo dejan
rastros del incendio cuando entro
a ese volcán vibrante
que es tu cuerpo.