
Abrazos gratis, vende la cartulina. Y frente a ésta, la pareja sonríe con labios compasivos y hospitalarios. Están desnudos y se abrazan.
El encuentro con los otros se da siempre en la misma esquina en la que la gente se apretuja y se siente. Una fila inmensa espera su turno y algunos hasta repiten. Agrandado, piden otros. Entonces reciben dos abrazos fuertes y prolongados, aun cuando los huesos son frágiles y los cuerpos descarnados.
La piel sobre la otra es pura, mansa; atrevida y generosa cuando un pecho encuentra al otro, pero tímida al contacto inevitable entre las pelvis. Si el cuerpo involuntario responde excitado, se piden los perdones necesarios y se dicen los no se preocupe, que no es nada.
Hace poco tiempo, abrió la primera fábrica de textiles. Los dueños extranjeros implantaron la ropa. Así que los desempleados, que eran todos, empezaron a vestirse como requisito para ser contratados. El hambre padecida hace tanto obligó a los más renuentes a ceder a la tela.
Sólo el hombre y la mujer que ofrecen abrazos gratis han permanecido descubiertos. Algunos, aun vestidos, buscan el abrazo a escondidas de los jefes. Pero ahora las telas ásperas resienten el contacto de los cuerpos desnudos.
Se ha esparcido el rumor de que aquel hombre y aquella mujer ahora sólo se abrazan a ellos mismos. La pareja ya no aparece al mediodía.
Y yo, que todos los días hacía la fila, antes de la hora de almuerzo voy al diminuto baño que han impuesto los foráneos, me quito la ropa y mis brazos llegan hasta la mitad de la espalda. La misma espalda que hace sólo unos meses sintió otras manos sinceras por primera vez.