Más vieja es la brisa

—¿Cómo estás, Abuela?

—Bastante mejor. ¿Y tú?

                Así responde con el hilo de voz que le queda cuando, a pesar de lo mucho que le pesan sus 88 años, tiene fuerzas para ser valiente.

—¿Cómo estás, Abuela?

—Ay aquí, en el banco de la paciencia.

                Así contesta cuando está cansada y al borde del hastío, pero continúa ferozmente agarrada de su cristiana fé y ferviente convicción de que la vida es regalo divino, aunque lleguen momentos cuando aparenta ser un castigo.

—¡Sácame de aquí!¿No ves que estoy reventando por ir al baño?

—Abuela, no te puedes parar de la cama porque te rompiste la cadera. ¿No te acuerdas? Por ahora tienes que hacer lo que sea aquí mismo.

—¿Tú estás loca? ¿Cómo que ahí mismo?

                Los ojos se me aguan estúpidamente. Es ella la que enfrenta la dura batalla de aceptar su cada vez más rezagada autonomía; ella la que está usando un pañal por primera vez en su vida adulta; ella la de los recuerdos y la realidad empañados por el mal de Alzheimer.

—Abuela, quédate tranquila, por favor. Recuérdate que no te puedes parar. ¿Te acuerdas qué fué lo que te pasó en la cadera?

                Silencio resabioso.

—¿Te acuerdas?

—Que me partí la cadera.

                Menos mal que es medianoche y el cuarto está oscuro. El miedo, las lágrimas y la culpa se me desatan y no encuentro cómo volver a controlarlos. Debí haber pasado más tiempo con ella, pedirle más cuentos, leerle la Biblia. Muchas veces pensé acceder cuando me preguntaba si quería ir con ella a la iglesia. ¡Qué idiota y qué egoísta! Al decirle que no, pensaba en mis convicciones, pero no en las de ella. ¿Porqué no compartir esa felicidad que, por ser suya, también pudo haber sido mía?

                En lo que le doy vuelta y vuelta a mi remordimiento, Abuela se olvida nuevamente de que no puede levantarse.

—Raquelita, ven. Ayúdame a pararme de aquí que tengo que ir al baño.

—Ay Abuela, yo quisiera. Pero por ahora es aquí mismo la cosa. Tienes un pamper puesto.

—¿Cómo que aquí mismo?

                La idea le escandaliza; le indigna. Estoy segura que igual—sino más—escandalizada estaría yo de ser aquella que, después de una vida entera, tiene que despedirse de la auto-suficiencia y resignarse a ser, en sus propias palabras, “como una criatura.”

                ¿Porqué la vida tiene que ser así? ¿Porqué no podemos morirnos antes de que nuestros cuerpos nos traicionen? No es justo.

                Aumentan mis sentimientos de culpa cuando caigo en cuenta del frío peso de mis cavilaciones. Pero igual sigo con mi silenciosa cantaleta. Para viejos vamos todos. Ay santo. ¿Y cuando Mami se ponga viejita? El miedo se me vuelve pánico. Las lágrimas se me engruesan y redoblan. No puede ser que Mami—la mujer más capaz, sabia, fuerte y ecuánime que conozco—llegue a este punto. ¿Será la vida tan cruel?

                Intento ponerle freno a la carrerita mental por la vía del “bendito yo”en la que me desboco. ¿Cómo es que mis pensamientos saltaron de Abuela a Mami? ¿Cómo es que mi espanto aumenta al imaginarme que podría ser Mami en esa cama? ¿Cómo es que mi egoísmo se atreve a asignarle más intensidad al sentimiento que en mi evoca el deterioro de una y de otra?

                De ahí, mi mente sólo tiene que dar un brinco para empezar a torturarme con la pregunta: ¿Estaré yo sola cuando vieja? ¿Quién me cuidará a mi?

                En lo que me desahogo en vanas abstracciones y lágrimas, Abuela no deja quietas  sus manos temblorosas. Se desarropa en el helado cuarto; la arropo. Se sube la bata de hospital hasta el cuello; se la bajo. Se trata de arrancar el pañal, la aguja del suero y la manguerita de la sonda; le desvío las manos.

                Había pensado que podría dormir alguito, pero entre los quejidos y la inquietud de Abuela, no hay quién duerma. Resiento estar atrapada en este cuarto. Me horrorizode sentirme así.

                ¿Resentida yo de pasar un par de malas noches durante mis vacaciones cuando hace años de años que mi madre está diariamente en esta titánica tarea de cuidar a Abuela? ¿Resentida yo que vivo en Nueva York y a penas doy un tajo en los asuntos miamenses de mi familia?  ¡Qué ñoñasoy! Trato de consolarme diciéndome que Mami está más dotada para estos menesteres que yo. Enseguida rectifico y el consuelo me dura poco: Mami lo que está es menos renuente, no mejor dotada. Yo me estoy dando el lujo del miedo y la changuería.

                Estoy loca por llamar a Mami para que venga a relevarme de la responsabilidad que esta noche yo acepté. No, no puedo ser tan blandengue.Si anoche no dormí bien, cinco veces peor durmió Mami. Ella estuvo constantemente al lado de la cama de Abuela mientras yo dormía por incómodos segmentos en un sofá en el pasillo.

                Sigo con una lloradera tan terrible como inútil. ¿Cómo es posible que sea yo tan debilucha? ¡No! No puedo llamar a estas horas a Mami para que, como siempre, lo más duro lo resuelva ella.

                La llamo ahogada en llanto.

—Mami, perdona que te llame. Abuela no para de quejarse y querer pararse y querer arrancarse los tubos que tiene conectados…

—Voy para allá.

                Mala hija, mala nieta, ingrata, recostada… Me insulto y me latigo mentalmente desde ese momento hasta que, exhausta, me tiro una hora más tarde en la cama de Mami, bebiéndome los lagrimones. Caigo achocada del sueño. Me levanto temprano con el mismo lloriqueo y tremendo dolor de cabeza. Me doy una ducha larguísima e intento deshacerme de las lágrimas que me quedan. Vuelvo al hospital prometiéndome que hoy no voy a ser tan cobarde.

 

                Tres días más tarde, Abuela ya está fuera del hospital. A eso de las ocho de la mañana, llegamos Fina y yo al centro de rehabilitación (asilo glorificado) al que la han trasladado y donde no dejan a los familiares quedarse la noche. La pasada fue la primera noche que Abuela durmió sola fuera de casa de Mami. Tiene los ojitos azul plomo llorosos y redondos del susto. El corazón me dá un salto.

—¿Cómo estás, Abuela?

—Ay mija, me quiero morir.

                Ante las tétricas palabras y las cucharitas que hace Abuela, su nieta llorona también prende la llave de paso. Es lo único que acierto a hacer. Ella jamás hubiese dicho semejantes cosas. Pero ya mi vieja cruzó la guardarraya del hastío.

—Yo quisiera salir volando. Llévame contigo, Señor mío.

                Mientras estoy una vez más inmovilizada por la pajuatería, Fina agarra el toro por los cuernos.

—Vieja, déjese de cosas que usted es una mujer cristiana y sabe muy bien que de la vida no se puede renegar. ¡Espabílese y déjese de cuentos!

                Fina, a sus casi setenta años, es la doña que cuida a mi doña mientras Mami trabaja sus diez horas diarias. Con par de palabras, una mueca y una risotada, Fina le espanta a Abuela la desesperanza que traiciona su fé. A mi me ahuyenta la ñonería y me recuerda que más vieja es la brisa y sopla.