Los habladores

Hay hombres que son muy elocuentes antes del amor,
pero la cama los enmudece.
Tras sus pequeños textos
suelen sufrir epílogos de nieve.
En fin, la flor de los oximorones.

También están los otros,
los que se vuelven narrativos sólo después de amar,
y van haciendo de dormir un verbo hipotético.
Te insertan en sus improvisadas biografías:
“yo siempre te esperé, para que me adoraras”.
Esos pequeños dioses
cargan su ego ad-herido en un back-pack
como las tortugas terrestres,
son lentos y pesados
y dejan una resplandeciente estela
de baba
tras su andar.

Hay hombres que hablan bien
mientras están conduciendo.
Te miran a intervalos, pero sus ojos son inatrapables.
Estos hombres nunca se entregan por completo
y no ameritan más de un polvo o cuatro versos.

Están los que necesitan un prolegómeno cuadrado
con platos, flores, copas
y discusiones político-filosóficas.
Son, por lo general, buenos amantes,
se saben la poesía de Neruda
y conocen técnicas orientales.
En fin, la flor de la cultura.

También existen los que sufren
un síndrome de película francesa.
Necesitan ser dramáticos, brillantes,
producir las mejores carcajadas, las mejores lágrimas.
Te irradian la tarifa de un poema
si viajas en su cuerpo.
Son buenos idilios, pero muy fugaces.

Y los malabaristas de la bruma
ejercen los más extraños verbos
para (decl)a(m/r)arse feministas,
discursan posmodernos y abusan del paréntesis.
Suelen ser políticamente correctos,
hasta que la abyección de la palabra amor
les asalta el desvelo
y pretenden administrarte las acciones
y hasta los pensamientos.
En fin, la flor de la ironía.

Y los poetas, ¡qué decir de esos
especímenes resúmenes de lo que estoy diciendo!
Hábiles diccionaristas
pertrechados de palabras como para una guerra,
te toman por asalto, te invaden, te acribillan.
(!Suelen ser tan per-versos!)
Anversos del silencio
te rinden cada célula
hablándote de amor.
En fin, flores de perdición.