
“En aquel tiempo los carniceros degolladores del matadero
eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal
la federación rosina”
Esteban Echevaría- El Matadero
Era casi hora de acostarnos cuando titi Luz nos mandó a bañarnos juntos. Siempre le tuve miedo a ese baño. En vez de un inodoro de porcelana tenía una caja de cemento sin pulir con un roto cuadrado en el medio. La ducha era también toda encementada, sin cortinas, ni losetas decorativas. Un cable colgaba del techo con una bombilla de poco voltaje que se mecía de un lado a otro. La puerta eran dos láminas de zinc unidas por varios tablones, sostenidas con dos tuercas a cada lado que la hacían abrirse y cerrarse. La ducha era un tubo que salía de la pared con una lata de café llena de muchos agujeros, la cual se sostenía al tubo gracias a unos cuantos alambres enroscados. Las paredes estaban cubiertas de un hongo verde oscuro que provocaba un olor a tierra húmeda que traspasaba los pulmones.
Entramos, nos desnudamos y tiramos la ropa dentro de una canasta
de paja en una de las esquinas del baño. Disimuladamente, me percaté de la desnudez de Alberto y, por primera vez, observé deliberadamente su cuerpo blanco y simple. Abrimos el grifo y esperamos por varios segundos hasta que la lata se llenó y comenzó a dejar caer sobre nosotros goterones de agua que parecían venir desde el cielo en cámara lenta. Empezamos a ducharnos y a enjabonarnos sin que nuestras miradas se encontraran. Me viré de espaldas a Alberto. No podía soportar la tensión que había, no quería tener que acceder a ese deseo que me carcomía por verlo desnudo, todo mojado y envuelto en lavaza. Fue en ese instante que Alberto me agarró por la espalda y comenzó a forcejear conmigo. A ver si así desaparecía la vergüenza.
Comenzamos a jugar a la lucha libre. Nuestros cuerpos húmedos resbalaban el uno contra el otro. Mis brazos se entrelazaban con las piernas de Alberto, y de momento Alberto dio un giro sosteniéndome con sus brazos por debajo de mis hombros, y de espaldas a él. Me encontré totalmente inmóvil. Alberto parecía estar fatigado y comenzó a respirar con fuerza. Mi espalda le rozaba el cuerpo. Él me sostenía sin dejar que me moviera. Sentí su respiración cerca de mi oreja y su vejiga empujarse contra mis nalgas. Poco a poco, lo sentí tratando de abrirse paso entre mis piernas enjabonadas. Fue en ese momento cuando comencé a sentirme mareado, y no sabía si era por el olor a musgo que salía de las paredes, el olor a amoníaco de la letrina, o porque Alberto me estaba agarrando demasiado fuerte impidiendo que el aire me llegara a los pulmones.
-Alberto, ¿qué haces? Mira que me asfixias
- Nada, nada, quédate quieto.
Mi primo me soltó un poco, pero siguió presionando su vejiga contra mi espalda. Yo traté de liberarme, pero él me sostenía con fuerza. El agua que nos caía desde la lata de café ya me había enjuagado la lavaza. Entonces, la voz de titi Luz traspasó las paredes húmedas del baño: que ya era hora de acostarnos a dormir. Alberto dio un brinco, soltándome bruscamente. Nos secamos con las cabezas bajas, sin mirarnos el uno al otro, nos pusimos las pijamas y salimos del baño cruzando un camino que había entre la casa y el pequeño rancho.
La tierra estaba fría a pesar del calor que hacía. Titi Luz nos esperaba en la puerta y su sombra la hacía gigantesca. Al llegar a la casa nos sacudimos los pies y nos sentamos en una mesa, en medio de la cocina, para beber chocolate caliente con queso derretido. Para evadir la mirada de Alberto, seguí el humito que salía de la taza hasta el techo que parecía estar tan lejos. Los techos eran láminas gigantescas de zinc que estaban sostenidas por tablones gruesos de madera, cruzados unos sobre otro. El único color en las paredes era el gris polvoriento del cemento sin pintar. Las ventanas eran de aluminio pintado de blanco y los únicos muebles que había eran un sofá, una mesa en la cocina, una nevera mohosa, varios gabinetes apolillados y una estufa de gas verde, también corroída por el moho.
Nos acostamos en la misma cama, las luces en la casa se apagaron y cuatro franjas de luz blanca, que provenían del alumbrado en la calle, se reflejaron en la pared. Una claridad tenue me permitió observar a través del mosquitero los tablones en el techo y el ropero con dos espejos que reflejaban nuestros cuerpos pequeños, forcejeando nuevamente entre las sábanas con olor a clorox que nos cubrían.
Miré hacia afuera por las rendijas de la ventana y las hojas del árbol de flamboyán frente al cuarto estaban tiesas. No había ni una pizca de brisa. Los coquíes y los grillos no dejaban de cantar. A mis oídos su cantar llegaba intermitentemente cada vez que era interrumpido por la respiración fuerte de Alberto detrás de mis orejas. Comenzó a tocar mis nalgas, a pegarse lentamente a mi cuerpo. De espaldas, sentí cómo se estrujaba contra mi. El sueño comenzó a hacer que mis ojos se fueran cerrando lentamente y lo único que sentía era el calor, el sudor, el cuerpo de Alberto y una pesadez sobre mis párpados que me iba nublando la conciencia hasta oscurecerlo todo.
Al día siguiente me levanté como a las cinco de la mañana. Titi Luz ya estaba haciendo café. Me vestí con mis mahones favoritos y una camisilla blanca llena de rotos. Ella estaba sentada en la mesa de la cocina.
-Pero mira que este muchacho madruga. ¿Qué tú haces despierto tan temprano?
-Tití, que quiero ir a casa de abuelo.
-Bueno, pero ten cuidao cuando salgas que hay unos perros realengos por ahí y los otros días mordieron al hijo de Doña Hortensia.
-No se apure Tití, que usted sabe que la casa de abuelo no está tan lejos.
El frío de la mañana me paraba los pelos. Los perros ladrando y los gallos cantando me hacían caminar rapidito. El cielo todavía oscuro traía consigo una brisa tenue y un olor a café que salía de las casas alumbradas listas para comenzar el día. La casa de mis abuelos estaba
al final de la calle, yendo hacia el matadero de vacas. Abajo tenían una bodega.
-Muchacho, que tú te levantas con las gallinas -me dijo mi abuelo, masticando un pedazo de pan con mantequilla que acababa de llegar de la panadería.
Comencé a ayudarles con las tareas del día, que habían comenzado a las cuatro de la mañana. Ya mi abuela colaba el café que mi abuelo y los madrugadores de la barriada que trabajaban en el matadero esperaban, atragantados con el pan. Todas las mañanas la bodega se llenaba de hombres con camisetas llenas de manchas de sangre vieja que iban a desayunar. Mientras abuela colaba el café, abuelo Pancho se paraba frente al mostrador sacando de la nevera latas de néctares, maltas, leche y cualquier otra cosa que le ordenaban los trabajadores. Los hombres seguían llegando y abuelo se la pasaba de una nevera a la otra repartiendo pedazos de queso de papa, jamón y huevos para los que querían comer emparedados. En la parte trasera de la bodega se encontraba el almacén, con sacos de viandas, frutas, cereales y maíz seco para las gallinas, al lado de la cocina, de donde venía abuela Margó con el café y los sándwichs de jamón, queso y huevo que le habían ordenado. La oscuridad en el almacén y los olores que se esparcían sueltos entre los sacos de granos me hacían pensar en aquellos hombres que llegaban en caravanas a la bodega y en las vacas angustiadas que los esperaban resignadas al poder degollador de sus brazos fuertes y velludos.
Después de que el ajetreo de las órdenes se calmó un poco, me senté sobre unas cajas a beber café, comer pan con mantequilla y a observar a todos esos hombres brillosos, como si se hubiesen cubierto de rocío. Algunos jugaban conmigo y trataban de asustarme con historias de toros que se escapaban, o de vacas, que después de muertas mugían por las noches en las neveras gigantescas del matadero. Me fascinaba oírlos, olerles el cuerpo caliente, el aliento a tabaco y café y rozarme con sus brazos cuando me sentaban en sus piernas para jugar conmigo.
El canto de los gallos se escuchaba por toda la barriada y la sirena en el matadero, que daba la señal de entrada a los empleados, rugía junto con el desesperado mugir de la vacas que presentían su muerte inevitable. El sol comenzó a asomarse detrás de las casuchas. Su reflejo se hacía más intenso cuando se encontraba de frente a los techos de zinc que cubrían la mayoría de las casas. Los hombres en la bodega comenzaron a ponerse de pie y a estirar sus cuerpos. Cada uno de ellos, antes de salir, me revolcaba el pelo o me daba nalgadas para que me les saliera del medio. Cuando salió el último trabajador cogí la escoba y comencé a barrer. Organicé los litros de leche en la nevera y puse en los anaqueles las latas de habichuelas que se encontraban en las cajas sobre las cuales me había sentado temprano en la mañana.
Tío Esteban, quién vivía con mis abuelos, era el más pequeño de la retahíla de hijos que mi abuelo había traído al mundo. Él no soltaba el cordón umbilical que todavía le proveía techo y comida. Mis abuelos siempre le ofrecían el añoñamiento necesario que le impedía transformarse en el casi hombre que su cuerpo proyectaba. De alguna u otra manera siempre tenía en sus bolsillos unos cuantos billetes de cien gracias a los chivitos que hacía por aquí o por allá. Bajó a la bodega demandando café, pan con mantequilla y revoltillo de huevos. Abuela Margó corrió rápidamente a servirle café y a prepararle el desayuno, a la misma vez que cocinaba las viandas con bacalao para los trabajadores del matadero que venían a almorzar luego. Tío Esteban siempre me ignoraba. Sólo de vez en cuando me saludaba con una nalgada o una palmada en la cabeza. Esa mañana, no sé por qué razón, me senté frente a él en la mesa mientras desayunaba y, mientras lo observaba, lo vi cambiar frente a mis ojos. Mi tío no era aquel hombre con la boca llena de migajas de pan, sino un trabajador del matadero ofreciéndome sus brazos peludos y llenos de sangre. Él, que nunca me dirigía la palabra, al darse cuenta de mi mirada perdida que lo traspasaba, me preguntó:
-¿Y qué? ¿Cómo estás pasando tus vacaciones? ¿No te aburres aquí metío todo el día con la peste a purina sin hacer ná?
Encogí mis hombros, y con una voz temblorosa le contesté:
-No, si yo no me aburro.
-Que no sea burro -contestó abuela Margó riéndose-. Vete a ver televisión con tu tío que ya aquí no hay mucho que hacer.
Era la primera vez que iba a pasar un rato solo con tío, grande como una montaña, lleno de pelos por todo el cuerpo y con una sombra de barba que lo hacía verse majestuoso. Nos fuimos por la parte de atrás de la bodega, teniendo que cruzar por el almacén. El corazón se me aceleró cuando de improvisto, sentí una brisa suave entrar por la puerta trasera, trayendo consigo un olor a purina y el profundo mugir de una vaca. Al salir del almacén estaban las escaleras que daban a la casa de arriba. Yo tenía que alzar mis piernas casi hasta mi pecho para poder alcanzar los escalones. Cada vez que miraba hacia arriba lo que veía era el cuerpo de montaña del tío Esteban.
Seguí estirando mis piernas hasta que llegué al último escalón. Tío Esteban ya estaba esperándome en la habitación. Una vez estábamos los dos en el cuarto, cerró las ventanas que daban al jardín de abuela y le puso el seguro a la puerta. Luego se quitó la camisa, los pantalones y prendió el televisor. Yo me senté en la butaca que estaba frente al televisor entre el ropero y la cama. “Este programa es para usted, para usted y para usted, y le traeremos alegría a todos sus hogares Los Alegres Tres...”
-Mijo, pero acomódate y quítate los pantalones, no tienes de qué avergonzarte que los dos somos hombres -decía mientras se ponía una mano sobre la vejiga y la deslizaba dentro del calzoncillo.
Disimuladamente me enseñaba sus pelos encaracolados. Me quité los pantalones y me quedé inmóvil frente a él.
- Vente a la cama conmigo, aquí es mejor. Vente…
Me acerqué y recosté mi cuerpo junto al suyo. Era la primera vez que estaba tan cerca de alguien. El cogió mi mano izquierda y se la puso encima del calzoncillo. Lo toqué con miedo, estaba duro y cubierto de piel como el mío, y con una babita que se me esparcía por los dedos. Me agarró por el cuello y me empujó hacia él.
-Abre la boca y chúpalo como si fuera una paleta. Vamos, ábrela.
Abrí mi boca lo más que pude y me atragantaba. Me asustaba el no poder respirar y sin embargo su sabor dulce me hacía querer seguir chupando. Se recostó hacia atrás y no me soltaba el cuello, lo empujaba y lo halaba. Se levantó, subió el volumen del televisor, me tomó por los hombros, desnudó mis caderas y me paró en la butaca de espalda al televisor, de frente a la ventana que daba a la calle. Hizo que me inclinara y que me sostuviera recostado a la ventana abierta. Los Alegres Tres seguían cantando y afuera se veían las calles cubiertas de polvo, los automóviles en piezas y los niños del barrio jugando sin mí. Se escuchaban los mugidos de dolor de las vacas desde el matadero, el olor a purina sobre el viento, el sonido de los niños, las vacas, los toros y Los Alegres Tres, “Este programa se acabó, se acabó y se acabó” . De repente un bufido resonó en la habitación y una sensación de agua tibia se filtró en mi cuerpo. Luego, un silencio restauró la calma.
El silencio duró muy poco. La voz del primo Alberto se abrió paso por la casa hasta llegar a la puerta del cuarto de tío Esteban.
-Óscar, Óscar, vente… Vámonos a ver las vacas.
Me levanté rápidamente con los pantalones todavía enroscados en las rodillas. Tío Esteban se quedó inmóvil y tan sólo se cubrió con una toalla que tenía guindando de la cama. Me abroché los pantalones y finalmente abrí la puerta despacio. Allí estaba Alberto, quién me agarró de la mano y me dijo:
-Vente conmigo a ver las vacas que acaban de llegar al matadero.
Bajamos las escaleras corriendo. El bullicio del vecindario se entrelazaba al mugido de los animales indefensos que iban a ser degollados ese día. Alberto sabía dónde había un roto en una de las paredes del matadero, lo suficientemente grande para ver desde afuera el sacrificio que se iba a llevar a cabo.
Una vez que la vacas entraron al matadero, los trabajadores las hacían caminar en fila. Una a una las degollaban. Les clavaban la cuchilla por el cuello y, una vez dentro, la torcían. Un chorro de sangre salía disparado de sus cuellos, salpicando los batones, que una vez fueron blancos, de los hombres del matadero. El olor a sangre se esparcía por el aire y Alberto me tomaba por el brazo otra vez y me decía:
-Vámonos, que me dio hambre.
Corrimos hasta la casa. Alberto llegó primero. Cuando dejé de correr sentí una agua caliente bajándome por las piernas. Deslicé mi brazo derecho por debajo de mis pantalones. Estaban húmedos con un agua espesa. Saqué la mano cuidadosamente y observé mis dedos llenos de un líquido rojo y una baba blancuzca. No pude evitar la tentación de olerlo. Era el mismo olor a sangre que todas las tardes se esparcía por el barrio.