Entrada

                Tomando en cuenta sólo la fachada, diríase que el café, apiñado entre una galería de prendas finas y un restaurante mexicano, daba aires de cosa mala, de conciliábulo, prostitutas y alevosías.  Poco podía adivinarse a través de los cristales, cubiertos por una costra de sucio difícil que los aneblaba y oscurecía, salvo algunos movimientos fracturados y las vibraciones de una luz de neón.  El interior, en cambio, impactaba, primero, por la limpieza, y segundo por una atmósfera de refinamiento y cosa seria:  tenían reputación sus panes, sus reposterías y el café importado de cuanto sitio del planeta, que despachaban a precio razonable, tanto en grano como para allí, colado o percolado.  En el techo, dos abanicos intranquilizaban el aire denso del aroma desplomado por todos lados.

                Contando a los tres dependientes, no más de diez personas ocupaban el local en aquel momento.  En un rincón, una joven solitaria de cabello entre amarillo y blanco, limpísimo, recogido atrás en un nudo compacto, ocultaba el torso y mitad de su cara tras las hojas arrugadas de un periódico que sacudía un poco por causa de a saber qué nerviosismo, un poco por la excitación que le causaba el fuerte brebaje malayo que sorbía lenta, lentamente. Acá, un hombre de boina verde y anteojos perfectamente cuadrados, tomábase un pocillo puya sin despegar la vista enternecida de sus dos niños que, entre babeos y balbuceos sonorojeroglificados, convertían en migajas media libra de pan flauta.  Por el otro rincón, una pareja bellamente enamorada:  él, pelo corto oscuro, bigote como que empotrado sobre la cara, sonrisa similar a un apliqué de baño, ojos vidriosos, como matados; ella negra fogosa y retinta, cabello apretado en muelles y resortes, cejas tan frondosas como labios, hermoso mentón protuberante.  Las manos suyas, para encontrarse, atravesaban casi millas por un dédalo de cigarrillos y tazones colocados en la mesa como bajo los rigores de un sistema, en tanto que mirándose, besándose, sobándose, lamiéndose los rostros, se juraban amor hasta que Dios mande.  En la esquina opuesta un muchacho anacoreta de espejuelos gruesos garabateaba signos indescifrables sin alzar la vista de unas páginas amarillas.

                Los dependientes formaban un curioso trío.  Una pareja de ancianos, a su vez los propietarios, cuyos rasgos físicos contrastaban severamente:  él por su gordura estupefaciente y sus ademanes toscos; ella por su delicadeza y voz rebosante de cordiales maneras, por toda esa natural inclinación suya hacia el desvalido que le daba a cada gesto un aire de bondad ilimitada.  Pero aun con tales disimilitudes, sus acciones parecían estar fundadas en un arreglo mutuo, en lo que no se entiende, oye o percibe, sino que se supone por razones no expresas.  Los asistía una muchacha joven y afectuosa, de rasgos afiladísimos en ciertos ángulos y vagos en otros, que si no por su piel acribillada de barritos sería seguramente una belleza terrenal.

                Cuando la señora hizo su entrada triunfal hubo en todo el ámbito cierta noción de posiciones, una impaciencia progresiva que fue ganando el ánimo, la pérdida inaudita de la perpendicularidad con respecto al plano horizontal.  El muchacho de los gruesos espejuelos quedó grandemente impresionado por sus zapatos:  negros, crudos como el petróleo es crudo, de taco bastante estable, ideales para desatar unos buenos pasos de flamenco.  Lejos de saber cómo ni por qué, sintió de improviso una injustificada agresividad contra ella, y mucho le costó permanecer al borde de la silla en vez de brincarle encima a la señora y arrebatarle los zapatos. La mujer negra, cuyo campo visual quedaba en dirección a la puerta, le prestó más atención a la orografía de sus contornos, al conglomerado del vello de la señora.  El pelo:  un complejísimo enjambre de moños y remolinos atornillados vertiginosamente, y de un matiz como si le hubiesen derramado la noche encima; las patillas, poco diplomáticas, desparramadas a manera de alfombrilla por los lados de la cara hasta derrumbarse en la papada como una barba de corsario; en los brazos unos pelos largos y prietos formidables para enramarlos en trenzas, que contrastaban acusadamente con su piel de grasa cruda, a través de cuya membranosa superficie aparecía una retícula horripilante de venitas en diferentes azules, abajo, sumergida, como una escritura antigüa; era el mismo tipo de pelambre que le formaba sobre el labio un bigotillo duro y mal cuidado.  La prieta, al verla, mudó de color, mudo de palabra y voz, y procedió a aferrarse tenazmente a los brazos de su amante para evitar que hubiese allí una escena.  Y efectivamente, no hizo el joven muchacho más que verla pasar por su lado que ya estaba forcejeando con su novia para caerle a la señora y darle de bofetadas.

                El hombre de los niños, por su parte, asumió velozmente una actitud defensiva ante la intrusa, obstruyendo con su cuerpo cualquier tipo de contacto entre ella y las criaturas que ahora se bebían los mocos en un llantén de miedo.  Entretanto, a su lado, la muchacha del pelo bonito se había quedado como inhibida de actividad motora en su grupo muscular, pero resistió, sentada, fingiendo la lectura, quizá para no catalizar un proceso que ya comenzaba a estremecer las cosa desde lo más alto hasta abajo.

                De repente hubo un movimiento brusco detrás del mostrador, como si se hubiera soltado por allí un jabalí.  De hecho, así fue como reaccionó el obeso propietario —quien, no obstante la edad, conservaba aún los gérmenes de una fuerza hercúlea— al ver a la señora entrar.  De un zarpazo echó a un lado a la asistente y se precipitó en dirección a la mujer, mientras su esposa, siempre cuerda, siempre ecuánime, opuso el cuerpo a su paso para evitar que se armase el gordo.

                La señora, entonces, se arrellanó de inmediato en una de las sillas vacantes con movimentos metódicos de las extremidades, simulando una timidez poco convincente, respondiendo sin lugar a dudas a un plan hace tiempo formulado y practicado once mil veces.

                —¡En qué podemos servirle!— la interpeló a grito el dueño como si algo entre los dos impidiese que la voz viajara.

                La señora, amable ella, respondió que por el momento no, gracias, al punto que el patrono emprendía una nueva embestida que su mujer detuvo en seco con una mirada férrea y el dedo en alto.  El hombre de los dos niños se paró un segundo y llegó hasta el mostrador, en donde se hizo de un bollo de servilletas para soplarle a los niños las narices, pues sus lloriqueos continuaban, y sumados al ruido que la muchacha rubia se empeñaba en hacer con las hojas del diario, aquello todo era ya un alboroto francamente molestoso.

                Pausadamente, moviendo sus dedos como por cordones, la señora introdujo la mano en la cartera de donde extrajo un diminuto monedero de felpa violeta, apestillado por un cerrojo dorado, y en los lados un diseño sencillísimo de una pagoda china.  El muchacho de gruesos espejuelos, observándolo todo tan de atrás que casi veía su propia nuca, quedó atontado ante la revelación:  una ojeada era suficiente para sentir el fallo en la respiración, en la boca los labios del cerrojo, en la piel el dolor de las costuras de los hilos de oro que sobre la felpa caían en bocetos orientales.  Poquísimo había que meditar para saber que nada bueno podía salir de allí.  Con los dedos amorfos y torcidos la mujer fue tanteando los confines del monedero como si imitara la ceguera, y entonces, de golpe, dejó libre el pestillo que se abrió como fauces prestas a tragar, a atragantar…

                Al segundo, todo el desorden de periódicos viejos olvidados por las esquinas, sobre las mesas, entre las patas de las sillas, fue salvajemente succionados hacia el fondo del monedero.  Las hojas del diario de la jovencita del pelo recogido fueron también bruscamente arrebatadas de sus manos, y volaron como un bando de palomas hacia la misma región, seguidas por un barullo de tazas decorativas aburridas sobre una repisa, al igual que otras tantas colgadas de unos pernos en la pared, todo a una velocidad de relámpago y sin aparente incremento en el volumen del monedero.  En tanto que de la pared comenzaban a desprenderse cantidad de cajas y chucherías culinarias para colar café de modos versátiles, los presentes hacían lo indecible por ganar un sustentáculo en la mesa, en el codo del tabique, y evitar ser también ellos succionados.  Dos largas bombillas fluorescentes reventaron con grande estruendo, formando sus fragmentos dos nimios remolinos de vidrio y polvo blanco que el monedero procedió a engullir fieramente; cuatro lámparas de vitral colgadas con cadenas de una viga fueron desprendidas con violencia y también succionadas (las cadenas parecieron, por fracción diminuta de tiempo, una lengua bífida que se esconde en la fauce de una víbora), seguidas muy de cerca por ambos abanicos despedazados, el letrero de neón que nunca se supo qué decía, todos los granos de café en fila india como una interminable concatenación, y cinco bizcochos de chocolate escondidos tras una vitrina, habiéndose rendido sus cristales luego de combarse a un punto increíble.

                En eso los dos niños, perplejos, agarrados de mano, sin un gemido, cruzaron los aires acompañados del retrato de una bailarna tailandesa arrancado  de la pared, mientras el hombre de la boina verde, con una mano libre, hacía un gesto tristísimo para rescatarlos de las entrañas del monedero.  Resultaba curioso ver cómo los objetos más grandes —el cuerpo de la dependiente parapeteada detrás del mostrador, por ejemplo, el mostrador mismo, o la antigua coladora de café— entraban al monedero con una facilidad que daría a pensar en la rutina, conservando su figura intacta hasta ya en el pestillo estrecharse de repente y perderse de vista; pero todo ocurría tan de pronto y hasta parecía imposible precisar el método de chupe.  La muchacha rubia entró asumiendo una posición de clavado, perseguida por una silla y por la anciana que entró con las ropas tan raídas, tan destrozadas, bueno, prácticamente desnuda.  La pareja de amantes, quienes se habían lanzado al suelo con la falsa idea de que a un nivel inferior la succión sería menos apremiante, no quedaron a salvo de la fuerza del monedero, y entraron juntos en un número de lo más comprometedor.  El hombre de la boina verde y el muchacho de los espejuelos gruesos entraron casi a la vez, mas fue difícil distinguir sus expresiones pues se confundieron con una butaca y varios litros de leche que vinieron volando de algún depósito trasero.  Las mesas, atornilladas al suelo y últimos reductos de resistencia, se torcían como palmas de coco azotadas por vientos ciclónicos, hasta ceder finalmente una a una con ruidos de astilla y maderas resquebrajadas.

                Ay, pero que bueno que aun en las situaciones más graves, puede pescarse siempre cualquier cosita de ellas que empujan la sonrisa. Y la tal cosita fue la succión del inverosímilmente gordo dueño del café quien, incapaz de prolongar su abrazo a unos tubos de gas, entró en el monedero de culo, con los labios haciendo trompa y los cachetes de cerdito, semejante a un gran pañuelo que en amarillo cruza a negro por el puño del prestidigitador, vertiendo así una nueva luz sobre la parábola de pasar un camello por el ojo de una aguja.

                Una vez quedó el local desprovisto de revestimiento, adorno o complemento, la señora cerró el monedero, lo colocó de nuevo en la cartera, y salió silbando como soberana de un imperio.