
Desde hace un tiempo se te pierden las palabras, los nombres y los recuerdos como si se quedaran almacenados en algún lugar de la memoria al que no puedes acceder. Crees que a pesar de tu juventud los años han envejecido en tu mente.
Al principio parecían meros descuidos: búscame el desto o el aquello; pásale el papel a fulana o a fulano; se me olvidó el nombre; ¿cómo es que se dice?; ¿se escribe con g o con j?... Hasta inventaste técnicas para rescatar palabras: pensar en cada letra del abecedario hasta sentir la que te llevará a la que buscas, recordar eventos en los que has usado la que deseas o hacer asociaciones con sinónimos, imágenes, olores o sabores.
No recuerdas el momento exacto cuando empezó, pero mientras estudiabas en la universidad te quedabas absorta ante el papel del examen lleno de preguntas. Algunas veces las respuestas llegaban; otras, no. Pensabas que tal vez lo provocaba el estrés de las clases y que cuando terminaras el bachillerato volverías a la normalidad, serías la de antes, la de mente lúcida e inteligente, pero no ha sido así, ya han pasado cinco años desde que lograste graduarte y las lagunas siguen, haciéndose cada vez más evidentes.
Ay, éste despiste, es la frase que usas para justificar los descuidos ante la gente, pero en soledad te inquieta pensar que pueda ser parte de una locura degenerativa; es que no ha sido fácil vivir así, dependiendo de los olvidos.
Como las veces que olvidas las caras de tantas personas que compartieron contigo, en los grupos de estudio, en los deportivos, en actividades sociales o artísticas; como a mí, que te ayudé a pasar la clase de química.
Nos reuníamos en la biblioteca con un par de compañeros. Te veía llegar con los libros pegados al pecho y el bulto en la espalda. Caminabas muy recta, con los pasos acelerados y la vista en el suelo. Reconocías el grupo luego de varias miradas dudosas y te acercabas con una sonrisa plena. Pasábamos horas serias dedicadas al estudio de la materia. Nuestros encuentros se iluminaban con las fórmulas de los elementos de nuestros cuerpos que parecían atraerse y repelerse, como los imanes que tratan de unirse por el mismo polo. Por eso, en la mesa, me sentaba en la silla más alejada para que tu piel no me quedara tan cerca. Pero el deseo de aproximarme, de hablar sobre nuestro primer encuentro meses antes, de que compartieras conmigo la inquietud que te aquejaba y buscar juntos una solución, me carcomía.
A pesar de los años que han pasado siempre me he mantenido cerca, más de lo que imaginas, por eso conozco eventos que tu mente ha borrado por completo y que se quedaron en sensaciones que poco entiendes y que muchas veces forman parte de tus sueños como si los hubieras alejado de la realidad. El más recurrente es en la universidad, de noche. Te acercas al campo de balompié, en el que escuchas los sonidos de un partido que desaparece. Caminas descalza por el espacio desolado y llegas a un área que nunca habías visto. Bajas una cuesta y entras al salón de estudios de tu hospedaje. El lugar está lleno de estudiantes que no se dan cuenta de que estás allí. La voz de un hombre que te llama sobresale entre todas y te volteas. Cuando abres la boca para nombrarlo sientes en la cara un golpe de aire, impregnado con olor a sudor dulce, que te empuja. Despiertas con el sueño latiendo entre tus sienes. Tratas siempre de asociar las imágenes y el olor, pero ningún recuerdo concreto llega, sólo la idea vaga de que la letra E te hará escupir el nombre.
Hoy, en una reunión de la clase graduada, en la Universidad, ni siquiera preguntas por mí, lo que no me sorprende. Sé que notaste que unos pocos se asombraron al verte. Llegas retrasada, como solías hacerlo a las clases; nunca fuiste buena con las direcciones, ni aún las conocidas podías recordarlas. Estás temerosa, más bien tímida y dubitativa, especialmente cuando Iris te abraza. Tardas bastante en recordar que fue tu rummeit durante un semestre. Le dices que no te has casado ni tienes novio, que trabajabas como ayudante de maestra en un preescolar. Que ya no vives en Salinas, te mudaste sola para Humacao y que estás bien. Te pregunta si ya no eras tan despistada. Ríes:
—Brego con el asunto —le respondes.
Muchos empleos has perdido por los descuidos. En el de ahora llevas apenas un semestre y dependes de que la Blackberry te ayude a recordar lo necesario y lo momentáneo.
Saludas a otras personas que se acercan. Algunos lo hacen por cortesía, pero nadie se atreve a mencionar mi nombre. Sé que muchos de ellos saben de tu problema, pero les cuesta entender que no te acuerdes que desaparecí la noche que estudiaríamos en tu hospedaje para el examen final de química. Te quedas un par de horas con Iris. Escuchas el discurso de la presidenta de la clase, las anécdotas que hacen ex alumnos y cantan la parodia al himno de la universidad. Caminas hacia el carro y la sensación a tierra seca que se cuela por tus sandalias, hace que decidas pasar por el campo de balompié. Llegas al lugar desolado y cierras los ojos. Percibes los sonidos de un juego en proceso y que alguien coge tu mano. Se llena de luz el espacio entre tus ojos. Los abres y regresas al carro con el corazón agitado. Te encaminas hacia tu casa, mientras haces el esfuerzo por recordar, pero nunca llega a tu mente que allí sucedió nuestro primer encuentro.
♬Tú recuerdo sigue aquí,
como un aguacero,
rompe fuerte sobre mí,
ay, pero a fuego lento,
quema y moja por igual
y yo no sé lo que pensar
si tu recuerdo me hace bien
o me hace mal. ♬
No sabes por qué esta canción te altera, pero cada vez que la escuchas pierdes la noción de otros sonidos y el olor a fruta dulce mezclada con sudor impregna el espacio que ocupas. Lloras sin la certeza de una razón específica y te alineas en el paseo hasta calmar tu cuerpo tembloroso y el sentimiento de impotencia.
—A..., b..., c..., d..., e..., Eb..., Ef..., Ej..., Eliot, no; Emma, Eme..., Emilio, ¿Emilio? Ése es el nombre, Emilio. ¿Quién será?
Aunque te esfuerces nunca sabrás que soy yo. Desde el día que nos conocimos durante el juego de balompié interuniversitario he estado ligado a ti. Nos tocó sentarnos uno al lado del otro. Noté tu presencia desde que te acercabas, como una energía que me obligaba a hacerlo. Llegaste a mi lado y te saludé. Me miraste y me sentí atraído por tu porte seguro y mirada inteligente. Tuve el impulso de abrazarte, pero el miedo me detuvo. Quise moverme hacia un lado, pero al tratar de impulsarme la mano cayó sobre la tuya. Se me nubló la vista y el olor dulce de tu perfume se mezcló con mi sudor. Sin darme cuenta, me adentré en la oscuridad de tu mente, la que comenzó a expeler rayos luminosos que se colaban por mi cuerpo para atraparme. Viste mi cara de susto tratando se zafarme. Alguien se sentó entre nosotros y se separaron las manos. Abrimos los ojos y busqué tu mirada. Había cambiado, se veía opaca, vacía, cansada. El encuentro marcó tus despiste; también mi intranquilidad.
Comencé a sentirme perseguido por palabras, nombres y eventos ajenos. Cuando quería decir algo, la respuesta que salía no tenía nada que ver con la que deseaba. Nombraba mal a quienes conocía o les intercambiaba los nombres. Pasaba por lugares, percibía olores o sabores que evocaban momentos que no recordaba haber vivido, pero que parecían tan propios y ajenos que me atemorizaban. Para colmo, nos topábamos todos los días en diferentes lugares de la universidad: en la cafetería, en la cancha, en el edificio de generales. Hasta nuestras matrículas coincidieron en la mayoría de las clases. A pesar de la necesidad que sentía de verte, de estar cerca, cuando te encontraba, me obligaba a mantener distancia para evitar el peligro. En las clases era ineludible que nos miráramos con insistencia (aunque tus gestos eran de duda); me embargaba la certeza de que los encuentros distantes dejarían de serlo.
♬Sé que te tengo que olvidar, si tu recuerdo me hace bien o me hace mal.♬
Te calmas y continúas el camino. Llegas a la casa y buscas las fotos de tu tiempo en la universidad. Miras las imágenes queriendo hallar alguna en la que sientas que estoy. Tienes la sensación de que es importante encontrarme. Te ves con Iris y con otras compañeras y compañeros que estaban en la velada. Ninguna foto te ayuda. Buscas en las libretas de clases, en los prontuarios, en las copias de papeles que tuviste que leer y todos parecen ocultarte lo que necesitas saber.
Lamento decirte que de nada servirá la búsqueda, no me encontrarás, como tampoco llegarán a tu memoria las imágenes de lo que pasó en el edificio donde te hospedabas, el día antes del examen final de química.
Habían cerrado la biblioteca y nos invitaste para el salón de estudio de tu hospedaje. Los otros dos compañeros se retrasaron y cuando llegué esperabas en la entrada al edificio. Caminamos para la sala, en la que había varios estudiantes. Me pediste que esperara, porque no sabías dónde habías dejado la libreta de la clase y buscarías papeles u otra libreta en tu cuarto. Te vi alejarte por un pasillo. Sentí que me empujaban con insistencia, pero nadie estaba cerca. Mis pasos se movieron tras los tuyos, hasta que nos encontramos frente al ascensor. Entramos juntos y fue allí donde ocurrió nuestro último encuentro. No sirvieron de nada las dudas ni los temores, esta vez no sólo se unieron nuestras manos, nos fundimos en un abrazo que disipó mi miedo. Recuerdo haber cerrado los ojos y me dejé llevar por una energía luminosa que me vistió con tu piel. Mi cuerpo se achicaba a medida que subía por el dorso hasta llegar a tu mente oscura. Corrían rayos de luz que golpeaban las paredes y rebotaban. Muchas pasaron por mi lado, hasta que sentí un golpe que me arrancó la piel y deshizo las vísceras y huesos. Me fusioné con una luz blanca que me robó toda sensación y movimiento. Me elevó en el espacio que se hizo inmenso ante mi paso. Me moví hacia un lugar que se iba iluminando con mi llegada y pude ver decenas de círculos fluorescentes con rayas en el centro. Entonces cada palabra, nombre y evento ajeno, que se había quedado conmigo desde nuestro primer encuentro, salió de mí y voló hasta un círculo que alargó las rayas, como si fueran gavetas, para tragarlos y sellarse. Llegué frente a otro círculo, un poco más grande, que se abrió ante mis ojos. Allí pude ver algunos recuerdos tuyos, como el día que Iris te llevó al salón el proyecto final de ciencias sociales; cuando varios estudiantes se burlaron de tu mudez en el informe oral de español; nuestro encuentro en el juego de balompié; y las respuestas a los exámenes de las clases que tomamos juntos. Hasta allí me llevó la luz y es aquí donde me encuentro, donde estaré acompañando tus recuerdos, como los del tiempo en la universidad y el día que entramos juntos al ascensor y que al abrirse las puertas en el piso donde se ubicaba tu cuarto, saliste sola.