El viaje

Aun recuerdo el día que me fui de Puerto Rico. La noche antes mis amigos me hicieron una despedida donde bebimos hasta las dos de la madrugada y todo el mundo me aconsejaba que la pasara bien en mi nuevo lugar. Me contaban historias que sus familiares y amigos que han emigrado a la tierra del sueño americano le hacían crear a ellos. Llegue a casa de mis viejos media hora después y rápido me acosté a dormir porque me tenía que levantar a las cuatro de la madrugada para coger el avión que me llevaría pa’ los niuyores.

Mi avión salía a las siete de la mañana pero como la mayoría de las ocasiones que salía con mi familia íbamos tarde porque en lo que todos se preparaban y se montaban en el carro nos cogió el día. El papá para colmo guiaba más lento que una tortuga. Cuando llegamos al aeropuerto y vi todas las maletas, las cajas y cuanta cosa la mamá me empacó sabía que no iba a poder cargar todo. Llegue a donde se supone que llegara a buscar mi pasaje y cuando vieron todas la maletas me dijeron que si decidía llevarlas todas tenía que pagar por sobrecargo. Tuve que dejar la mitad de las cajas y las maletas pero para ser sincero estaba contento porque no tenía que cargar to’ esos motetes. Llego el momento de las despedidas y empezaron los llantos, los abrazos y los besos. Recuerdo que mamá fue la última que se despidió de mí, con beso y un abrazo que duro casi dos minutos.

Empecé a caminar hacia el área de abordaje y de repente escuche a mamá gritar mi nombre. Se le había olvidado darme un bulto que me preparó que contenía pollo, arroz con habichuelas y viandas frescas que cocinó temprano esa mañana para que me jartara durante las cinco horas de vuelo. Estaba nervioso porque era la primera vez que me montaba en un avión y yo que le tengo pánico a las alturas. Me senté a esperar entre todos los que se montarían en el avión conmigo y de inmediato una señora lo más simpática ella me comenzó a preguntar que si… ¿pa ‘donde iba? ¿Cuantos días pensaba estar por allá? ¿Si tenía familia por allá? La vieja no se callaba y preguntaba tanto, pero como hablaba tan rápido no me dejaba contestar. Me hablaba de todas las veces que venia de visita a Puerto Rico y las veces que decia que regresaría a vivir a los niuyores, terminaba arrepintiendose y regresando a la isla.

Comenzaron el abordaje, entré al avión y acomodé mis motetes. Me senté al lado de una joven que iba acompañada de un niño que no paraba de gritar. Entendí que el viaje no sería uno de placer porque con el chamaquito chirreando, la madre gritándole y pegándole a cada rato me sentía como parte de una cartelera de lucha libre. El avión despegó y mis nervios se lucieron. Me quede sin aire, me dio dolor de barriga y me entraron deseos de vomitar pero me aguanté como macho que soy, porque no quería lucir mal frente al resto de los pasajeros.

A la media hora de estar en pleno vuelo comenzaron a exhibir la película “E.T.” y las azafatas empezaron a servir refrescos, y unas bandejitas que no sabía que tenían pero cuando la azafata me pregunto que quería descubrí que era lasaña o pollo. Yo escogí pollo de lo que me arrepentí porque estaba malísimo. Recordé que mi mamá me había empacado un tremendo buffet así que abrí la bolsa y me serví. Como mamá había servido mucho como para un ejercito completo sobro lo suficiente para ofrecerle al resto de los boricuas que me rodeaban. Todos estaban muy agradecidos ya que la comida que servían las azafatas no era digna ni para dársela a los puercos que criaba mi tío Chuncho.

Luego de casi cuatro horas y de escuchar gritar al majadero niño por tanto tiempo, la azafata anunció que nos aproximábamos aterrizar, lo entendí porque siempre anunciaban las cosas en el altoparlante en ingles primero y después en español. Yo no sabía que iba hacer con mi problemita del idioma pero mi Tía Evangelina me dijo que cuando llegue a Nueva York me matricularía en una escuela donde enseñan ingles de gratis. También me dijo que allá to’ el mundo habla en español. Ella dice que vivir en los neuyores es como vivir en el barrio, to’ el mundo se conoce y los bochinches son la orden de entretenimiento. Gracias a que mi tía me dijo que todo es como en el barrio no estaba tan nervioso, total yo lo que voy es a buscar trabajo. Estoy dispuesto a todo, no importa lo que sea yo lo voy hacer, lo que quiero es trabajar.

El avión aterrizó y todo el mundo empezó aplaudir. No había pasado segundos de haber tocado tierra y ya to’ el mundo estaba parándose. La azafata se puso histérica pidiendo que regresaran a sus asientos pero nadie le hacía caso, así que se rindió. Le pregunte a la joven madre que se sentaba a mi lado ¿donde tenía que recoger mis maletas? A lo que ella me dijo que la siguiera por ella iba a recoger las de ellas.

Me bajé del avión siguiendo a la joven madre que no paraba de regañar al niño gritón aquel quien ya llevaba casi cinco horas sin parar de chillar. Ya dentro de aquel inmenso aeropuerto comencé a tropezarme con la cantidad de gente que caminaba a toda prisa. Le trataba de mirar los rostros pero era casi imposible porque entre la prisa que llevaban ellos y la que llevaba la joven madre era toda una misión dificultosa. Me parece que caminé por más de media hora para llegar a recoger las maletas. Le agradecí a la joven el haberme escoltado por aquel marullo de gente y ni cuenta se dio cuando lo hice porque aquel chamaquito no paraba de joder y ella no paraba de gritarle.

Me distancié de la escena aquella que me venía persiguiendo desde que salí de Puerto Rico y me dediqué a buscar mis motetes. Rápidamente comencé a identificar mis maletas y cajas. Una vez las tuve todas alcancé un carrito que parecía uno de esos que se usan en los supermercados, coloqué todas las cosas en él y caminé a la puerta de salida. En la distancia logré ver al mi tío Rogelio, el esposo de mi tía Evangelina andaba con mi primo Bernardo. Yo que pensaba que no los iba a reconocer porque desde que se fueron de Puerto Rico hace diez años no habían regresado ni de visita. Bernardo estaba alto y flaco. ¡Y pensar que el mocoso se fue de la isla tan solo cuando tenía tres años! Ya tiene trece años y el muchachito es más alto que yo. Mi tío Rogelio había perdido casi todo el pelo pero lo reconocí por el lunar que tiene debajo del ojo derecho.

Cuando me vieron se pusieron muy contentos, nos confundimos en abrazos y muestras de afección. Cada uno agarró una maleta y comenzamos a caminar hacia el estacionamiento. De repente el miedo se convirtió en curiosidad por saber como sería mi vida en los nueyores. Nos montamos en el carro de mi tío y comenzamos el viaje a la casa. Mi primo me permitió sentarme en el asiento delantero para que pudiera ver con detenimiento mi nueva patria. Mientras mi tío conducía, tomaba atajos para esquivar el tráfico pesado de la ciudad, se dedicó a preguntar por todo el mundo que hace tiempo no sabía del barrio.

Miraba como los arboles no tenían hojas, como los carros se apiñaban en la calle y como en vez de montañas lo que se veía eran edificios por doquier. El cielo no era azul, era de un color gris que inspiraba tristeza. El rostro de la gente proyectaba desolación y todos llevan abrigos que parecían pesar más de veinte libras cada uno. De tanto frio que hacía no hay casi nadie en las calles. Mi tío me dijo que iba nevar en la noche. No hago más que llegar y ya va a nevar. ¡Coño! Pa’ mi que a los ochenta grado me da frio, no me quiero imaginar como se me van a poner la pelotas cuando empiece a nevar.

Después de casi una hora y media llegamos al barrio, así le llamaban el tío y Bernardo. Vivian en un edificio mugriento donde se veían los balcones repletos de tendederos de ropa. Muchos colgaban banderas de sus países de procedencia y otros tenían luces de navidad para conmemorar la época. Tuvimos que subir al piso donde estaba el apartamento por la escalera porque según lo que dijo Bernardo el ascensor no funciona desde hace cuatro años.

Al fin llegamos al hogar de mi tía Evangelina quien es la hermana menos de mamá. Se podía oler un poco de Puerto Rico. Olía a una mezcla de sofrito y manteca hirviendo. Me tía me estaba preparando una alcapurrias para que no se me olvidara que soy boricua. Jajaja. A la verdad que nosotros los puertorriqueños sabemos subirle el animo a quien sea.

Pasaron varias semanas entre frio, estar distanciado de mis queridos padres, amistades y la falta del verde color de cada montaña de mi islita. Me hacía falta observar los colores del cielo azul. Extrañaba la brisa fresca y el aire que acaricia la piel. Quería escuchar el sonido de la música de Puerto Rico, los sonidos del mar, de los ruiseñores y en especial el canto del coquí. Empecé a sentirme triste. Extrañaba cada recuerdo de la isla y en especial extrañaba quien yo era antes de llegar aquí, a la tierra del tan anhelado sueño americano.

Hoy estoy aquí en el aeropuerto diez años despues, esperando abordar el avión para hacer el viaje pero esta vez voy de regreso al sueño boricua que es mejor que todos los sueños de los americanos juntos. Le cuento mi historia a to’ los que se me sientan al lado y los nervios no me dominan porque la alegría de regresar a mi islita querida tiene más fuerza que cualquier miedo a las alturas.