
La pepita de naranja bajó por su garganta como si bajase por una chorrera llena de agua. Como una cascada. Miramelinda sintió miedo. Ya le habían advertido acerca de lo que pasaba cuando alguien tragaba una pepita de naranja. Ya no había remedio. Tendría que resignarse a dejar que las cosas pasaran. Después de todo ella había escogido ser una descuidada y dejar que la pepita de naranja se escabullese por el interior de su cuello. Nada más se colaría por ahí. Nada más. No sabía cuando pasaría pero a los 7 años se tiene toda la vida –literalmente- por delante así que Miramelinda proyectaba que en cualquier momento del resto de su vida podría pasarle lo que tantas veces le habían advertido. Eso sí, no se lo contaría a nadie. Que se enterara su madre, su abuela y el resto de la gente por el modo natural. Aguardaría a que todos se dieran cuenta. Ella no lo contaría. Si lo pensaba bien lo más natural era que todos se dieran cuenta, al fin y al cabo no es fácil ocultar una transformación semejante. ¿Tendrían que cambiarle el nombre? Ya nadie querría mirarla así que no quedaría más remedio.
***
-Te he dicho que esa niña necesita amigas o yo que sé un hermanito o hermanita o algo. Mira que los niños que juegan solos acaban por volverse medio locos y a esa niña tuya, cada día le dan nuevas manías. Ahora le ha dado por ese pavor a las naranjas, con lo mucho que le gustaban. ¿Qué piensas hacer? Mira que eso es una bombita de tiempo.
-Sí, sí… ya sé. Pero es que si una da trabajo, imagínate dos y yo ya estoy mayor para estar pariendo y eso de las amigas de la escuela nada que ver. Lo que hacen es enseñarle después malamañas y yo una malamañosa no quiero en casa.
-Tú sabrás.
-Tú lo has dicho, yo sabré.
***
Seis de la tarde. Hora del baño. La rutina impuesta por su madre era irrevocable. Todo tenía una hora establecida, un orden específico y un momento clave. No se podía cenar sin bañarse, no se podía tener el más mínimo ápice de espontaneidad o el orden perfecto del hogar de las dos se quebraría. Un minuto tarde para la cena y la madre sería incapaz de masticar un bocado. –Es que he tenido un padre militar y me he criado en ese ambiente. Así se justificaba la madre ante la mirada acusadora de alguna vecina que veía como Miramelinda no podía asistir a cumpleaños, juegos en el parque o pijama parties en el barrio.
-No puedo bañarme, no puedo mojarme, no quiero regarme…
Ya empezaba a notarse la falta de baño. Miramelinda llevaba 4 días sin tocar el agua desde el incidente de la pepita. Su madre no lo había notado pero cuando los olores y la línea de tierra de su cuello minúsculo empezaron a destacarse más de lo normal para una niña recién llegada de la escuela, decidió supervisarle otra vez el baño. Lo que encontró la enojó muchísimo, más no le sorprendió. Allí estaba Miramelinda en el baño, la llave abierta, el agua cayendo y ella sentadita sobre el inodoro cubierta por una toalla seca y con las medias aun puestas.
-Ya salí, mami.
-Ah, sí y esas medias. Ahora te duchas con medias. Vente, que no crié una hija cochina. Los vecinos van a hablar y ya lo hacen bastante.
-No, por favor, no me metas a la ducha.
-Déjate de perretas que yo a tu edad cocinaba para ocho.
-Te lo suplico, no por favor, no me metas ahí. ¡No! ¡No!
Con la misma fuerza con la que la madre pegaba manguera a toda la casa y cargó alguna vez agua para cocinar para todos sus hermanos, agarró a la pequeña niña convertida en fiera y la metió a la ducha después del tercer aruñazo. La obligó a sacar la costra acumulada durante casi una semana y la dejó sola, bajo el agua. Vencida. Regresó a la cocina satisfecha. Nadie alteraría su perfecta agenda. Y a las 7 serviría la cena como de costumbre.
Al salir de la ducha, Miramelinda vio como poco a poco de sus orejas comenzaban a salirlas ramas del árbol de naranja que llevaba días esperando riego dentro de su cuerpo. Se quedó calladita y desnuda frente al espejo viendo como los delgados tallos salían por sus orejas hasta convertirse en tallos firmes, repletos de hojas y capaces de sostener una naranja jugosa. Había ocurrido tal y como su madre y su abuela le habían advertido. Ahora qué haría. Eso retrasaría la cena. Era lo más que le preocupaba. Se calmó. Respiró. Recordó la vez que la cena por poco se retrasa porque no controló el agua caliente en la ducha y acabó con una horrenda quemadura en la espalda que ocultó de su madre hasta que no acabó el último bocado. Bien. Todo estaría bien. Los árboles se podan, eso sí que lo había aprendido al ver las figuras redondas en las que convertían los árboles de enfrente de su casa. Eso haría. Tal vez era temporero y después de algunas podadas no volvería jamás. Agarró la tijera y empezó a cortar con una fuerza desconocida las delgadas ramas. Trató de arrancarlas de raíz pero el dolor de oídos le recordaba su última infección. Así que se limitó a arrancar las partes visibles.
Cenó con prisa y con más hambre que de costumbre. Como si alimentara con abono a todo un jardín. Su madre concentrada en el pedazo de carne casi ni la miró. Pero cuando llegó el momento de lavar los platos no pudo ocultar su susto al ver lo que su niña, su pasiva Miramelinda había hecho.
-¡Pero qué te has hecho en el pelo niña del demonio! ¡Qué van a decir los vecinos! ¡Tus maestros en la escuela! ¡La principal! ¡Dirán que tienes una madre loca que te maltrata y te arranca los pelos!
La agarró fuertemente por los hombros y Miramelinda, acostumbrada a los gritos de su madre se limitó a mirar una línea horizontal imaginaria y a no decir nada. Sólo se dejó zarandear.
Quizás su amiga tenía razón y no debía dejar a Miramelinda jugar sola tanto tiempo. Los niños silenciosos son un peligro. Por qué no lo tomó en cuenta antes. En eso pensaba la madre mientras intentaba infructuosamente arreglar el cabello de la niña que había quedado como un cuadro de Picasso. No hubo manera de hacerla lucir más o menos “normal”. Ahora parecía uno de esos árboles de la entrada de la casa. Redondeados en contra de su naturaleza.
A Miramelinda no le pareció extraño que su madre le cortara así el pelo. Lo que no comprendió fue porqué no mencionó nunca la pepita maldita. No hubo un reproche ni un regaño. Solo un corte de pelo. ¿Sería que su madre ahora pasaría a ser su cómplice? ¿Sería que de las cosas que tienen que ver con el oído no se habla? ¿Qué lo que atraviesa las orejas no se dice? No lo tenía claro pero estaba llena de posibles explicaciones para el comportamiento de su madre. Todas posibles. Ninguna demasiado extraña.
***
A los 25 años Miramelinda había sentido todos los besos y caricias posibles. Excepto esas caricias juguetonas alrededor de la oreja. Aun llevaba el cabello corto y procuraba que el jardinero mantuviese los árboles de la casa de su madre tan redondos como su cabeza. Aun sentía asco –ya no pavor- por las naranjas y con no comerlas o beber el jugo le bastaba. Pero llegó Teo y a él no pudo resistírsele. Se dejó hacer por él todo cuanto sus manos grandes y masculinas quisieron. Bebió todo lo que el le dio a beber y un día en medio del momento en que ya no sabían a quien pertenecía la última gota de sudor, Teo lamió su oreja y su aliento agarró el sabor ácido de la naranja. Miramelinda nunca fue más feliz que en ese segundo amargo y agridulce, en el que su cuerpo húmedo se sintió como una naranja abierta llena de gajos para repartir.
A partir de ese día se dejó crecer el cabello y prescindió de los servicios del jardinero. Las ramas volverían. Lo sabía. Pero esta vez no las cortaría. Tal vez con ellas podría abrazar a su madre sin miedo.