Divagaciones de un supuesto loco

Clasifico mis obsesiones. Mientras más absurdas son, ocupan una silla preferencial en mi mente. En este instante, cuando cuento esto, temo que mi cuerpo haya sido introducido en un envase de cristal y cubierta su apertura con una tapa. Por eso, verán que no dejo de mirarme en el espejo para asegurarme que sigo libre. Pero no va más allá. Es totalmente inofensivo. Unas cuantas revisiones frente al espejo y listo. En segundos, alguna nueva obsesión suplanta la anterior.

Sabía, porque ahora no estoy seguro de recordarlo con certeza, que en la municipalidad Campanella me habían abierto una carpeta supuestamente confidencial con la etiqueta de loco. Desconozco cuándo se iniciaron los rumores. He considerado que tal vez fue el día en el que de camino a la universidad observaron que llevaba puesto un pequeño cartel que decía: ‘se vende’, pegado en la frente.

Me es curioso el espanto de la gente, el bullicio que crean tan sólo dos palabras, si para todo hay una explicación lógica. No había dormido hacía quince días, ni una hora de plácido o incómodo sueño. Ni lo uno ni lo otro. Los pensamientos se superponían y anteponían, conspiraban y me relataban su verdad. En las aulas donde mis colegas y yo impartíamos clases se paseaba un agente secreto, desconozco si humano, que rociaba las paredes con un químico transparente y misterioso y que era el causante de las obligatorias jubilaciones a destiempo, los traslados a municipalidades lejanas, los descensos en la jerarquía de puestos laborales y algunos suicidios que fueron catalogados como casuales y aislados.

Así que el insomnio y el miedo a no poder dormir nunca más por culpa de estos pensamientos irracionales, me llevó a acometer una broma inofensiva como símbolo de protesta contra mí mismo. Y de ahí el cartel en el que vendía mi mente.

No fue la primera vez que intenté vender alguna parte molesta de mi cuerpo, aunque me siento decepcionado porque no acerté las palabras adecuadas. Debí decir: ‘se regala’; jamás he tenido intención en sacar provecho económico o de otro tipo con lo que se han atrevido a diagnosticar con diferentes nombres científicos.

Estoy de acuerdo con todos. Me parece incoherente con mi estatus de ser humano normal, honoris causa y otros reconocimientos por mi carrera pedagógica e investigativa, esta irracionalidad de mi cerebro y mi sinceridad en demostrarla sin vergüenza y hasta con cierto desenfado juguetón. Tal fue la sorpresa de los cincuenta y dos habitantes, para aquel entonces, de Campanella cuando les revelé un secreto por siglos guardado y que me había sido develado luego de un pensamiento espontáneo.

Durante el verano de 1942, el concejal Bammberi había convocado una junta ciudadana para lidiar con los reclamos de las decenas de habitantes de la municipalidad que mediante cartas desesperadas y gritos exasperados frente al ayuntamiento demandaban que desde hacía un mes nosoñaban. Recuerdo, con esta memoria ambigua, que en medio de la alborotada reunión me hice paso hasta quedar justo al lado del concejal que me observó con su mirada pastosa de viejo cansado.

-Yo, confieso que, aclaro, sin tener la intención ni desearlo, he estado robando sus sueños.

-Chiflado, maniático, desquiciado, fuera- gritaban como si de un coro por mucho tiempo ensayado se tratara. Reflexiono. Tal vez fue ese día que me etiquetaron como loco mucho antes del ‘se vende’ en mi frente.

Luego que Bammberi se hubo recuperado del desmayo, pidió calma y con su pausada timidez solicitó que me permitieran exponer mis “desmanes”. Sí, utilizó la palabra desmán, sin abochornarse ni arrepentirse. Pero es que al viejo Bammberi, que la Gracia lo tenga en su bóveda celeste, no le podía guardar yo ningún resquemor. Era tan poquita cosa su obra y su vida, que tendía más a tenerle compasión.

El recinto se apaciguó y dio inicio mi relato que fue algo así como que en “1595 un italiano llamado Calux Piero inventó el sombrero. Para el público comprador, ese cincuentón de la ciudad de Livorno se convirtió en pocas semanas en el visionario de una nueva moda decorativa que dio paso a la creación de las variedades que ahora encontramos en las tiendas. Lo que desconocían los habitantes de esa ciudad y luego el resto de Italia es que Piero sabía, pero callaba, la única y verdadera función del sombrero: que no se escaparan las ideas, que se retuvieran los recuerdos y los sueños, para crear una colosal Enciclopedia de la Memoria que pasaría a los anales de la Historia Universal. El científico había analizado prendas similares, pero muy prosaicas, que se utilizaban en el antiguo Egipto y la Grecia imperial. Entre dibujos, tablas y cálculos descubrió que todos los héroes y dotados de inteligencia supranatural de aquellas civilizaciones eran únicamente los que portaban todo el tiempo una prenda que podría considerarse, como objeto de estudio, un sombrero. Posteriormente, evaluó a los próceres de las distintas épocas y dio con similares resultados. Para 1580 sobrevino un expandido retroceso mundial en lo que se llamó el Período de Acabose”. Y continué con la narración.

-Recordarán ustedes, si hacen un máximo esfuerzo, que durante quince años hombres y mujeres testificaban que sus cabezas habían dejado de funcionar y le echaban la culpa al hecho de estar descubiertas y expuestas a las variaciones de temperatura. El caos fue devastador y las personas eran ya autómatas a punto de extinguirse. Fue Piero quien nos salvó- los cincuenta y dos habitantes, para aquel entonces, empezaron a abuchearme e insultarme hasta que Bammberi intervino nuevamente. Así pude proseguir.

-Les pregunto. ¿Acaso por el calor de este recio verano han dejado ustedes de utilizar como la costumbre ordena sus gorros de dormir?- cada uno asintió avergonzado. He ahí la respuesta. Yo al calor lo soporto con igual dignidad que al frío, y de la misma forma que no me quito este sombrero de copa con el que siempre me ven, no olvido jamás dormir con la cabeza cubierta. Les mentiría si les diera una razón coherente sobre el porqué me he convertido en el ladrón, sin quererlo y suplicando disculpas, de sus sueños. Sin embargo, en presencia del concejal, prometo nunca revelar lo que he visto, aunque tanto pudiera serles reprochable.

Finalmente, se acordó en la junta que las costumbres no deberían ser pospuestas a la incomodidad y estuvimos de acuerdo en aprobar la ley del ‘Sombrero siempre puesto’. Incluso así, mis supuestas extravagancias y pensamientos obsesivos que intento mantener lo más ocultos posible me estigmatizaron hasta la desgracia final.

Cerca del otoño de 1963, ya la situación de Campanella era caótica. Los habitantes ojerosos y agitados por una filosofía existencialista de negación de la realidad habían llevado a cabo por años motines, huelgas y protestas manifiestas hacia los ojos, rogando violentamente al nuevo concejal, hijo de Bammberi, que se aprobara inmediatamente una ley que obligara a no seguir viendo. En un extenso decreto de mil cláusulas explicaban que era insostenible continuar presenciando tan amarga, sofocante y vacía realidad que sobrevino con la Depresión del Cincuenta. Bammberi II se desembarazó de la situación aduciendo que “sólo la Gracia Universal puede librarnos de esta vida sisifiana”. La gente, muy respetuosa del Poder Señorial de los Cielos, aceptaba quejumbrosa el destino. A mí, me parecían cabalmente absurdos y hasta ridículos.

No mucho más tarde, empecé a notar los sucesos dramáticos en la universidad y a perder contacto con colegas que llevábamos más de treinta décadas compartiendo. Aunque mis pensamientos agotadores y entrometidos intentaban convencerme sobre un agente secreto y un químico destructivo, les ordené que me dejaran en paz y que se inventaran algo más creíble.

En febrero de 1964, Bammberi II se suicidó y la Gracia Universal no pudo sostener más su aliciente motivación de la vida como camino de dolores para el tránsito de la salvación y los ahora cincuenta y uno habitantes de Campanella se tiraron por turnos del campanario.

Eso fue hace un mes. Obviamente, consideré suicidarme también. Pero era tan absurdo pensar que me mataría por no aguantar la realidad, luego de sesenta y cinco años lidiando con la irracionalidad de mi propia cabeza, que opté por quedarme solo, bueno como siempre había vivido, y esperar morirme sin dramatismo por alguna causa que seguramente no sería nada trágica.

¡Qué ilógico! Pienso que todo lo que les he relatado es un invento desfigurado de mi mente y que en realidad estoy muerto. Totalmente irracional, si cuando me miro al espejo no veo nada, ni siquiera mi imagen.