Cualquier martes

Eran las 11:50 AM cuando él entró al restaurante Los Pinos, al lado de la Calle Berga. Un intenso sol brillaba afuera y muchos transeúntes caminaban de arriba hacia abajo aprovechando su hora de almuerzo. La avenida que cruzaba frente a aquel restaurante estaba repleta de carros como es normal a esa hora del día y hasta la guagua de transporte público pasaba a tiempo dejando a su paso una enorme nube de humo negra en aquellos edificios curados de espanto.

Él caminó a paso lento, como es normal, hasta llegar a la misma mesa en la que siempre se había sentado todos los martes por los últimos 36 años. Él llegó, se sentó sin hacer ruido, puso su sombrero al lado derecho de la mesa junto las botellas de aceite, vinagre, ketchup y mayoketchup. Al lado izquierdo de la silla acomodó su bastón. Pasó su vista por el espacio sobrepoblado de aquel negocio como buscando algo o alguien, pero todos eran conocidamente extraños aunque sus rostros no los olvidaba porque allí estaban todos los martes. Mientras revisaba el menú, la dominicana que antedía el lugar se le acercó con su acostumbrada sonrisa y ecuanimidad. Él, con su rostro algo oscuro, pidió una botella de agua y una orden de tostones.

Mientras sacaba de un bolsillo un pequeño libro de páginas amarillentas, escuchaba las conversaciones que a su alrededor se daban. Detrás de él un muchacho como de 35 años le contaba con lujo de detalles a su amigo con gran orgullo macho que se había tirado a una compañera de trabajo la noche anterior luego de haber salido del cine; al lado izquierdo, una chica uniformada le relataba a otra las virtudes de su marido con la operación de agrandamiento de pene que se había hecho; un poco más arriba, veía a una muchacha de un rostro muy bonito y con una sonrisa pícara leyendo lo que aparentaban ser poemas a un muchacho de una mirada pensativa y de movimientos un poco torpes que de vez en cuando la tocaba con cierta timidez la rodilla derecha a la chica. Al terminar de sacar el libro amarillento, una bachata comenzó a sonar en la vellonera al fondo al lado de un grupo de empleados de una construcción cercana que almorzaban unas brillosas chuletas de cerdo con arroz y habichuelas.

Cuando al fin abrió el pequeño libro, la muchacha dominicana le trajo su botella de agua y los tostones que aún humeaban. Él trataba de leer, pero su mirada estaba lejana y algo perdida. Se concentraba más en la puerta y en las personas que cruzaban frente al restaurante. En una oportunidad que recorría la mirada cerca de la vellonera, detuvo su vista en un televisor que transmitía en vivo, en directo y a todo color las incidencias de la guerra que se estaba dando en Irak. De pronto, se le aguaron los ojos recordando que hacía 35 años había estado en ese mismo asiento, tomando de las mismas aguas, comiendo de los mismos tostones, viendo en diferido las imágenes en blanco y negro de la guerra que tomaba vida en Vietnam, y su mente perdía en el tiempo y más tarde su mirada se tornaba hacia las puertas de cristal de aquel negocio esperando quién sabe qué.

De pronto miró el reloj, vio en su rostro arrugado reflejado en él, tomó el último trago de agua, mordió con su caja de dientes recién comprada el último tostón dejando un pedazo sobre el plato de porcelana blanca, miró la primera página de aquel pequeño y leyó una nota en la página del frente que decía:

“Querido amigo aunque desconocido aún: Aquí te envío este pequeño libro que guarda tantos mundos y pasiones. Gracias por llevarme hace dos meses al aeropuerto a tomar este viaje a Nueva York que me llevaría al encuentro con lo soledad más terrible que puedas imaginar. Regreso a la Isla dentro de dos martes, por favor, espérame en el restaurante en el cual se dio nuestro encuentro, Los Pinos, que cualquier martes estaré contigo. Que estos versos sean un beso eterno entre ambos.

                                                        Tuya,
                                                        Julia”

Él cerró el pequeño libro, lo devolvió a su bolsillo, pasó su vista por última vez por el lugar, dejó sobre la mesa un billete de cinco dólares, se puso su sombrero algo percudido, tomó el bastón y salió lentamente y sin ser notado del restaurante mientras atrás quedaba la silla tan nueva como hace 36 años. Cruzó la avenida mientras un joven en un Mercedes Benz del año le gritó “¡Viejo cabrón, muévete!”, pero él ni caso le hizo, sólo pensaba en que había sido otro martes más y que ella no había llegado.

Llegó al estacionamiento soterrado que estaba casi frente al restaurante, sacó una llave de su bolsillo izquierdo y abrió el carro. Su Chevrolete del 67 aún estaba como nuevo excepto por unos mohos causados por el salitre de esa ciudad costera y la insignia que tenía en la puerta que decía Taxi que ya casi no se leía. Se sentó en su asiento que parecía que el tiempo no había pasado por él, ajustó su retrovisor, encendió el radio en donde salió cantando un Tito Rodríguez en una voz casi fantasmal, y salió del estacionamiento mientras pensaba “Tal vez el próximo martes ella va a llegar”.