Conexión

Los ojos de Terian y Luz se encontraron. Una corriente fría les frisó la nuca al verse con detenimiento y sin poder pestañar en una parálisis energética que les puso los pelos de punta. Luz luchó por mantener la mirada sin aguarla con lágrimas de resistencia. La contracción de sus puños le contorsionó los dedos  hasta afilarlos en un en crispamiento si una repentina artritis se posesionara de sus huesos. Sin mediar más palabras ambas mujeres se acercaron y rebotaron sus  labios una contra la otra. Terian se mareó de la impresión y no pudo evitar ser desvestida por la visitante.

—   ¿Qué haces?— preguntó agobiada la señora.

            Luz la guió al sofá para desarmarla sin despegar los labios de su boca. Una vez palpó su piel, sus manos empezaron a recogerle el pecho donde dos senos caídos encontraron un mimo familiar. También se desvistió pero con torpeza. Así develó un cuerpo lleno de moretones.

            Terian se asfixiaba al sentir tanto pulso corriéndole en las sensaciones, pero la chica no perdió el tiempo. Deslizó las manos múltiples veces queriendo evitar tocarla más allá de la superficie, pero los suspiros de la anfitriona le dieron permiso para rotar el centro de su rendición. Dilató el espacio con una delicada reverencia donde se sirvió el pubis en la punta de una lengua experta. Rompió con sublimidad el endurecimiento de esa uretra amarga con giros perezoso como si quisiera tardarse y prevenirle el orgasmo. Terian estaba exhausta de tanta excitación. Todo el cuerpo le dolía de placer y temblaba; así que ya Ernes tenía el permiso de aparecerle de frente con la desnudez dotada de un hombre directo al blanco de sus deseos. Luz sumergió sus dedos como si fueran cables eléctricos en busca de una descarga. Ya no era ella…sino él quien se posaba dentro de su cavidad para hacerla gemir.

—   ¿Ernes…estás aquí?

—   Sí amor.

—   No puedo soportar estar sin ti.

—   Ni yo.

—   Llévame contigo.

—   No es el momento. —repuso con determinación.

            Luz sujetaba las piernas de la mujer mientras el hombre mecía su necesidad de amar entre su canal uterino.  Ernes olfateó ese cuello como un animal que reconoce su territorio al reafirmarlo con la nariz. Succionó simbólicamente su yugular mientras Luz fungía de enlace.  Ernes, le enterraba el placer con su semblante pálido y disperso en las sensaciones.

—   ¡Jamás había experimentado esto! — exclamó mientras aumentaba los gemidos de su amada.

          Luz perdía el aliento ante la escena y la intensidad de la conexión. Tenía la mirada blanca y convulsaba en corrientes de éxtasis. Terian lengüeteó el pezón dormido y rebuscó en los muslos de la médium su pedazo púrpura para entrelazar al triángulo.

—   ¡Te necesitamos! ¡Concéntrate!— le demandó Terian a revolcarle el placer en la punta de su lengua.

          Entonces separó sus muslos más para beberle su flácido grano y quedó desvainada en el placer. Pero se revolcó en el pleito de huir. Entonces Ernes le sujetó las manos fuertes mientras Terían sujetaba los pies de la mediadora a quién decidió entretenerle con el dedo para pedirle un favor.

—     ¡Quiero irme con Ernes! Luz, ayúdame. —imploró

            El ectoplasma de Ernes no abandonó el ritmo de su penetración y con movimientos hipnóticos Luz obedeció a la petición de la chica. Redondeó con sus manos el delicado cuello hasta quitarle el aliento. Los ojos se le endureecía ante la presión de la asfixia mientras batía las últimas rotaciones que le dio el orgasmo a Luz y unísono el cuerpo quedó sin aire, tendido y muerto. Ernes se salió de esa pelvis inanimada para ver a Terían a su lado.

—   Gracias Luz.— exclamó Terían abrazando a su hombre.

—    Entierra el cuerpo entre los girasoles y saca el dinero. Limpia las huellas digitales y te prometo que hablaré para que cierren el canal.—aseguró él.

—   Ya es tarde. Hay una fila de ustedes esperando el último deseo. No piensa en mí vida sólo piensan en las desgracias de sus muertes y la necesidad de comunicarse.

            Ambos se desvanecieron en su cara mientras Luz arrastró el cuerpo desnudo para desaparecer las evidencias. Era minuciosa con los detalles y dejó la escena sin ningún rastro para salir de la casa por la parte de atrás.

            En ruta hacia la acera, caminaba con ritmo sereno mientras contraía las manos por el entumecimiento de la fuerza que hizo, y otro sujeto solicitaba su indulgencia.

—   Soy Ándres y él se llama José y nunca le dije que lo amo. ¿Me ayudas?

—   ¡Déjenme en paz repuso autómata y exhausta!

            Pero Ándres tenía prisa por reunirse con su amante y se sumergió en la piel de Luz y se lanzó en los brazos del sujeto.

—   José soy yo, Andrés. Te amo. No te lo dije, pero te amo. No fuiste un juego en realidad te amé.

El rostro del sujeto se llenó de terror y sin poder contenerse, lanza el maletín al suelo para besuquear el alma de su difunto amante.

—   Andrés, tu muerte me tiene destruido.

—   Quiero sentirte una vez más.

—   ¡Esto es increíble!— exclamó José.

            Seguido las manos del espíritu buscaron el escroto de su amante y perdieron la noción del lugar. Tras los arbustos el reencuentro los volvió hacer uno en el cuerpo de un tercero.

            Así fue como Luz despertó en su apartamento con la sensación de haber hecho algo terrible. Fue directo al baño a lavarse la boca que tenía sabor a la saliva ajena. Al ponerse de pie, un golpe de agua blancuzca cayó de su feminidad y se petrificó ante el hallazgo y al confirmar que era semen.

            El botiquín estaba armado de pastillas contraceptivas de emergencia. Le quedaba la dosis necesaria para contrarrestar su calendario que apuntaba al desencuentro con la ovulación. Tragó las píldoras con rabia. Dio varios puños encima del lavamanos y se frustró. 

            Luz se echó a llorar mientras se rebobinaba la mano con papel higiénico para limpiarse el agua genética. Su histeria la hizo destruirse la ropa encima y se bañó repleta de asco.

—    Yo quiero vivir en paz… ¡este es mi cuerpo!

            Así fue como otro espíritu que se aproximaba al encuentro de Luz, bajo la cabeza la miró en su desesperación y desvaneció ante sus ojos sin pedirle favores.