
“¡Ay! de estos días terribles,
¡ay! del nombre que lleven,
¡ay! de cuanto se marche,
¡ay! de cuanto se quede”
Silvio Rodríguez
Cuando el silencio se viste de gris
y es gris la lluvia y el sonido de las aves
es que descubro un nuevo color entre mis dedos,
es que miro el hueco de mi pecho
que late incesante e insaciablemente indiscreto
en este juegos de luces y sombras claroscuro
que hacen procesión tras la huella de mi hombre
al nombrar la ausencia con palabras fugaces
la metamorfía de un Yo que se hace tú, él, ella, todos,
lo tangible e intangible negociando su existencia y persistencia,
la memoria que escapa alguna barra entre anónimos
el viaje de mi adulto a mi niño se da en un barco de papel;
porque hay días terribles, querido Silvio,
esos que se van y me van a la deriva inesperadamente
desafiantemente entre campos y ciudades
entre tonos de voces y colores, de llamadas sin identificar,
de ideas que vuela como mariposas en estampidas
en donde sólo queda mirar el cielo e imaginar formas,
diagramar las nubes y estrellas en el propio egoísmo,
recostarse en una montaña a mirar el mar lejano y tentador,
inventar un poema en el cual se haga el amor desesperadamente,
desnudarme de palabras y ropas que apresan y ahoga
y lanzarme a una pintura en donde pinte de colores mar y pastel
la forma de un cuerpo sin sexo pero intenso y perverso
tarareando una canción que no me conozca ni nos conozcan
y diciéndole a la melancolía que te vaya bonito y no me llames que yo te llamo.